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jeudi 14 mai 2015

¿Cuánto tiempo has estado aquí?



Nicolas Muller, Fête du Mawlid (Tanger, 1942)




Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.

Alcorán, II, 261.


La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.


Jorge Luis Borges, El milagro secreto


dimanche 12 avril 2015

L'odeur du temps




Harry Gruyaert, tombe de Jean Genet (Larache, Maroc)





Les étoiles sont partie au pacage
la mer étale ses bras, la forêt dresse ses cous
Ni les plantes ne fléchissent
ni le poisson ne répond
ni le moineau ne s‘effarouche
Le jour porte une chemise que va déchirer la nuit.


C’est l’heure de l’insomnie, maîtresse de la Terre
la torture est l’odeur de ce temps
où lentement, lentement se fige
le sang du vivant.


Laisse ces arbres s’échanger les oiseaux
laisse les fenêtres faire accueil à une aube qui soit autre.


Regardons la durée se rompre entre nos mains
en direction d’un lieu ceint de sa rupture
rupture d’où vont surgir des temps seconds
ceux de la houle des masses
quand la toux se mêle au Paradis
et qu’au pain se mêle
l’auréole des anges.


Nous savons ce que sont nos communautés
elles confondent le bras et l’instant
elles guident le déluge
leur aube est le langage qu’humecte la clarté du jour
leur visage la limite tranchant sur le noir
il s’agit pour elles de commencement, non de mémoire
de leurs foulées se façonne l’arc
de leur route s‘engendre la flèche.


Elles forment, elles dénomment
et voici que l’étendue prend ses formes
que les choses se nomment.


Du murmure qui monte du gosier de l’Orient
souffle en spirale une fumée de lassitude.
Là-bas la croupe est volcan
le volcan matrice
que projette le désir
là-bas s’épaissit le temps
par grumeaux, grumeaux...
Nous savons que ce sont là nos masses
et nous disons :
« Salut à vous, ô bras, c’est vous qui créez la Terre... »


Nous effaçons notre histoire / nous la découvrons
nous retirons le filet de ses heures plein de paroles
comme si c’étaient les têtes de nos aïeux
alors qu’il y a là un espace
qui sermonne un nuage contre le vent
une neige contre la pluie.
Or c’est le moment
de nous dépiauter de nos nuages
d’effacer notre histoire / de la découvrir.
Entre elle
et nous
règne le feu.


Le bois de nos chagrins a molli. Son étincelle
vire au noir.
Approchez-vous, sortes diverses de l’amertume
gommes, soufres, onguents, arsenics
vous, ô bois, et vous, ô combustibles des choses
tombez, tombez dans la fournaise de nos mutilations
et qu’enfin jaillisse votre flamme
blanche, noire, verte, rouge, arc-en-ciel
de la couleur de la respiration
de la suffocation !
Que notre chagrin soit l’arbre épineux
où la cendre protège de la braise.
Qu’il soit la corde de l’arc
qu’il soit l’arc sonore
qu’il soit une fumée de la couleur du loup
qu’il soit couleur de la fumée de l’‘arfaj humide
et nous autres tel le temps rougeoyant
nous autres la gousse sèche et éclatée de la plante tinctoriale


Nous effaçons / découvrons notre histoire
nous instaurons la mémoire du sang.
Il y a là des têtes comme des chemises
qu’on enlève ou qu’on remet.
Le sang
est figures, écrans
où peux-tu être, Adam ?
Comment donnes-tu la vie,
toi qui aspirais à la mort ?
L’endroit avait une tête
de caméléon
l’espace
n’était que fiction.


Damas, le Caire, Bagdad, La Mecque
la route refuse la route
nos pieds ne nous suivaient plus :
nous connaissons ces tombes familières
ces potences suspendues au nombre des jours
nous reconnaissons
cette balle qui tète la mère
pour tuer le fils !
Mais nous logifions par les routes
emprisonnons les jours
L’île d’Arwad n’était ni de blé ni de pourpre
ce n’était qu’un manteau
tressé par les coquilles, brodé par les vagues
l’océan, généralement, tournait à l’orage
et l’orage, en général, annonçait la rupture du jeûne
Mais
nous nous repaissions de pluie
nous citions à comparaître un quidam inconnu
nous donnions à nos corps l’ordre
de s’envoler
puisqu’ils ne sont que des abris
et nous, par tendresse envers la tempête
nous nous déchaînions
en disant à nos jambes :
« Dégringolez
la poussière se retire et la mer s’avance. »
Nous disions qu’il y avait là de quoi réconcilier
l’aller vers l’Occident et l’aller vers l’Orient
nous disions : « Voici que le soleil va réchauffer ses œufs
que l’histoire va éclore bassin par bassin »
et quand autour de vous la roche se taisait
dans l’errance de son outrecuidance
nous entendions le temps rugir et sangloter.
Et nous disions :
« Ô faucilles qui parcourez les étendues
ô nos pieds fatigués imitez la poussière et la pierre
chaussez-vous de la complainte des roseaux
vous allez recréer la Terre. »





Adonis, L’odeur du temps 
[in Singuliers]



lundi 5 janvier 2015

...dans ce sang pétrir la nuque du vent...


Pour que vous doutiez encore plus de nos origines 
nous vous proposons des corps pour les usines-salut-de-l'humanité 
sans ablutions
des corps tranquilles sur le sable les bureaux de placement 
des corps tannés
              l'histoire tuberculeuse
                          nous autres les chiens les perfides
nous autres au cerveau paléolithique les yeux bigles le foie thermonucléaire
des corps avec des tablettes en bois où il est écrit que le sous-développement
est notre maladie congénitale
                      puis m'sieur
                                puis madame
                                           puis merci


sans oublier notre interminable procession de dents jaunes
et les vappes
notre sang moitié sang moitié arbre
des corps nourris de sauterelles et de pisse de chamelle
nous ne sommes pas
                 même épileptiques
                                dans les grottes de vos Platon
ni dans les contes de Shahrazade
pas dans vos statistiques sur la culture des peuples les maladies
guérissables par bouchée de petite ruine
                                pas
dans vos bilans vos rapports frénétiques sur les grandes et inhumaines certitudes
ni les médailles
ni les cités de jade contre
                    nos refoulements
                                  nos stigmates purulents
nos matrices aboyant sous le vent

pas dans vos traités sur la biologie de l'homme pétrifié
bien que nous ayons
                nos guerres fratricides
                                  et que
                                       nous rêvions de planètes
de ruelles d'arcades de soleils au centre de la terre
(nous connaissons l'aliénation mentale et parlons de civilisations crevées mises à sac)
et que nous vous accordions
au pied des murailles et murailles d'héroïne
les tétanos
les guerres d'estomac et de chacal
pour satisfaire votre esprit calculé sur les dossiers de Rome et du Viêt-nam
vos lunettes de pèlerins nécrophages sur les remparts de Marrakech
nos rumeurs de foule démente mangeuse de caravanes
nos bidonvilles soleil sur soleil et djinns avec des allumettes
les épouvantails de nos fraternités - ah avec des oranges des fusils de siba
ah moi madame arrange vole pas moi monsieur bonne année bonne santé
de toutes petites femmes avec de petites étoiles vertes sur le front
toute la légende pernicieuse de nos diaphragmes
toutes les affres du sang dans un vertige de mosquées-bidon et de frondes
nos corps
        affublés
               de tornades
                         pour conjurer vos corps tronçon
hibernation d'une petite névrose de sable nous-mêmes
sans kasbahs ni idiomes pas méditerranée-démence pas
mémoriser
réenraciner la mémoire
                  cette grotte
                           cette chiotte
                                     cette mort courant les ruelles
pieds et bras tatoués chewing-gum brosses à dents
avec des tas d'usines de phosphates des tas de livres des tas de
rois et ça n'en finit pas de converser dans
                                 des tas d'antres artificiels
pour boire un thé magnifiquement mérité brindilles sésame
et
  à ta santé la foule
bariolée qui changes de cap mais pas de lance
                                    et qui changeras tout
le long de tes pièges à rats
vieux meurtre inconditionnel qui nous aurais donné
                                         contre un revolver
tout un paradis de lubies
empilé sur nos échines mais alors
                           des tas de médinas pleines de coquelicots
jusqu'à faire de nos ossements des vestiges de cités incomparables
l'oiseau
l'oiseau
et les voleurs d'oiseaux

barbare
      l'oiseau comme nos pérégrinations d'un arbre l'autre
jusqu'à l'arbre de violence qui nous passe par le corps
et vos mamelles maîtresses du sang vos mamelles nous n'aimons
pas la ville riant sous cape la ville sangsue non plus ses ères de
nomadismes et les sobriquets du soleil
ce mal foutu soleil qui n'en finit pas de tournoyer et qu'on
chassera à coups de pierre

nous autres
          de timbales sur des nids de serpents pour fraterniser
avec le sang
          recouvrer la mémoire dans un orgasme de lunes comme
ces chameaux tranquilles qui nous envoient leurs saignées sur la
poitrine
(saigne chameau de ton cou délirant)
nous voulons
des chopes de sang qui écume
des caillots gros comme le poing accomplir
des voyages hélant le désert devenu poisson
saigne encore chameau saigne saigne

des cités pour les roses
tandis que les roses ont des crépuscules de Dadès
nous voulons dans ce sang
l'oeil
     l'épée
dans ce sang pétrir la nuque du vent
violenter des seins et poursuivre
la foule jusque dans ta trachée artère
saigne chameau encore encore

nous vous accorderons encore
les conspirations à la barbe de notre sexe
pour compléter votre catalogue de superstitions
                                      des mains
coupées
       désarticulées
des rues tête tranchée où nous avons pressé
toutes les humanités possibles contre nos poitrines terroristes
des rues
       pleines de cris de génisses flagellées d'écritures


Mostafa Nissabouri, Manabboula


lundi 29 décembre 2014

...épreuve de l’absence de fin



Quand Orphée descend vers Eurydice, l’art est la puissance par laquelle s’ouvre la nuit. La nuit, par la force de l’art, l’accueille, devient l’intimité accueillante, l’entente et l’accord de la première nuit. Mais c’est vers Eurydice qu’Orphée est descendu : Eurydice est, pour lui, l’extrême que l’art puisse atteindre, elle est, sous un nom qui la dissimule et sous un voile qui la couvre, le point profondément obscur vers lequel l’art, le désir, la mort, la nuit semblent tendre. Elle est l’instant où l’essence de la nuit s’approche comme l’autre nuit.



Ce « point », l’œuvre d’Orphée ne consiste pas seulement à en assurer l’approche en descendant vers la profondeur. Son œuvre, c’est de le ramener au jour et de lui donner, dans le jour, forme, figure et réalité. Orphée peut tout, sauf regarder ce « point » en face, sauf regarder le centre de la nuit dans la nuit. Il peut descendre vers lui, il peut, pouvoir encore plus fort, l’attirer à soi, et, avec soi, l’attirer vers le haut, mais en s’en détournant. Ce détour est le seul moyen de s’en approcher : tel est le sens de la dissimulation qui se révèle dans la nuit. Mais Orphée, dans le mouvement de sa migration, oublie l’œuvre qu’il doit accomplir, et il l’oublie nécessairement, parce que l’exigence ultime de son mouvement, ce n’est pas qu’il y ait œuvre, mais que quelqu’un se tienne en face de ce « point », en saisisse l’essence, là où cette essence apparaît, où elle est essentielle et essentiellement apparence : au cœur de la nuit.

Le mythe grec dit : l’on ne peut faire œuvre que si l’expérience démesurée de la profondeur – expérience que les Grecs reconnaissent nécessaire à l’œuvre, expérience où cette œuvre est à l’épreuve de sa démesure – n’est pas poursuivie pour elle-même. La profondeur ne se livre pas en face, elle ne se révèle qu’en se dissimulant dans l’œuvre. Réponse capitale, inexorable. Mais le mythe ne montre pas moins que le destin d’Orphée est aussi de ne pas se soumettre à cette loi dernière, – et, certes, en se tournant vers Eurydice, Orphée ruine l’œuvre, l’œuvre immédiatement se défait, et Eurydice se retourne en l’ombre ; l’essence de la nuit, sous son regard, se révèle comme l’inessentiel. Ainsi trahit-il l’œuvre et Eurydice et la nuit. Mais ne pas se tourner vers Eurydice, ce ne serait pas moins trahir, être infidèle à la force sans mesure et sans prudence de son mouvement, qui ne veut pas Eurydice dans sa vérité diurne et dans son agrément quotidien, qui la veut dans son obscurité nocturne, dans son éloignement, avec son corps fermé et son visage scellé, qui veut la voir, non quand elle est visible, mais quand elle est invisible, et non comme l’intimité d’une vie familière, mais comme l’étrangeté de ce qui exclut toute intimité, non pas la faire vivre, mais avoir vivante en elle la plénitude de sa mort.

C’est cela seulement qu’il est venu chercher aux Enfers. Toute la gloire de son œuvre, toute la puissance de son art et le désir même d’une vie heureuse sous la belle clarté du jour sont sacrifiés à cet unique souci : regarder dans la nuit ce que dissimule la nuit, l’autre nuit, la dissimulation qui apparaît.

Mouvement infiniment problématique, que le jour condamne comme une folie sans justification ou comme l’expiation de la démesure. Pour le jour, la descente aux Enfers, le mouvement vers la vaine profondeur, est déjà démesure. Il est inévitable qu’Orphée passe outre à la loi qui lui interdit de « se retourner », car il la violée dès ses premiers pas vers les ombres. Cette remarque nous fait pressentir que, en réalité, Orphée n’a pas cessé d’être tourné vers Eurydice : il l’a vue invisible, il l’a touchée intacte, dans son absence d’ombre, dans cette présence voilée qui ne dissimulait pas son absence, qui était présence de son absence infinie. S’il ne l’avait pas regardée, il ne l’eût pas attirée, et sans doute elle n’est pas là, mais lui-même, en ce regard, est absent, il n’est pas moins mort qu’elle, non pas mort de cette tranquille mort du monde qui est repos, silence et fin, mais de cette autre mort qui est mort sans fin, épreuve de l’absence de fin.

Le jour, jugeant l’entreprise d’Orphée, lui reproche aussi d’avoir fait preuve d’impatience. L’erreur d’Orphée semble être alors dans le désir qui le porte à voir et à posséder Eurydice, lui dont le seul destin est de la chanter. Il n’est Orphée que dans le chant, il ne peut avoir de rapport avec Eurydice qu’au sein de l’hymne, il n’a de vie et de vérité qu’après le poème et par lui, et Eurydice ne représente rien d’autre que cette dépendance magique qui hors du chant fait de lui une ombre et ne le rend libre, vivant et souverain que dans l’espace de la mesure orphique. Oui, cela est vrai : dans le chant seulement, Orphée a pouvoir sur Eurydice, mais, dans le chant aussi, Eurydice est déjà perdue et Orphée lui-même est dispersé, l’« infiniment mort » que la force du chant fait dès maintenant de lui. Il perd Eurydice, parce qu’il la désire par-delà les limites mesurées du chant, et il se perd lui-même, mais ce désir et Eurydice perdu et Orphée dispersé sont nécessaires au chant, comme est nécessaire à l’œuvre l’épreuve du désœuvrement éternel.

Orphée est coupable d’impatience. Son erreur est de vouloir épuiser l’infini, de mettre un terme à l’interminable, de ne pas soutenir sans fin le mouvement même de son erreur. L’impatience est la faute de qui veut se soustraire à l’absence de temps, la patience est la ruse qui cherche à maîtriser cette absence de temps en faisant d’elle un autre temps, autrement mesuré. Mais la vraie patience n’exclut pas l’impatience, elle en est l’intimité, elle est l’impatience soufferte et endurée sans fin. L’impatience d’Orphée est donc aussi un mouvement juste : en elle commence ce qui va devenir sa propre passion, sa plus haute patience, son séjour infini dans la mort.


Maurice Blanchot, L’espace littéraire


vendredi 26 décembre 2014

De l'écriture



La prison est profonde. Elle est en pierre. Sa forme est celle d’une demi-sphère presque parfaite ; le sol, qui est aussi en pierre, l’arrête un peu avant le plus grand cercle, ce qui accentue de quelque manière les sentiments d’oppression et d’espace. Un mur la coupe en son milieu. Il est très haut, mais n’atteint pas la partie supérieure de la coupole. D’un côté, il y a moi, Tzinacán, mage de la pyramide de Qaholom, qui fut incendiée par Pedro de Alvarado ; de l’autre, il y a un jaguar qui mesure à pas égaux et invisibles le temps et l’espace de sa cellule. Au ras du sol, une large fenêtre munie de barreaux s’ouvre dans le mur central. À l’heure sans ombre [midi], on ouvre une trappe dans le haut et un geôlier, que les années ont petit à petit effacé, manœuvre une poulie de fer et nous descend à l’extrémité d’un câble des cruches d’eau et des morceaux de viande. La lumière pénètre alors dans l’oubliette ; c’est le moment où je peux voir le jaguar.

Je ne sais plus le nombre des années que j’ai passées dans la ténèbre. Moi qui autrefois fus jeune et qui pouvais marcher dans cette prison, je ne fais plus autre chose qu’attendre, dans l’attitude de ma mort, la fin que les dieux me destinent. Avec le profond couteau de silex, j’ai ouvert la poitrine des victimes. Maintenant je ne pourrai pas sans l’aide de la magie me lever de la poussière.

La veille de l’incendie de la pyramide, des hommes qui descendirent de hauts chevaux me tourmentèrent avec des métaux ardents pour que je leur révèle la cachette d’un trésor. Ils renversèrent devant mes yeux la statue du dieu, mais celui-ci ne m’abandonnera pas et je suis resté silencieux dans les tortures. Ils me lacérèrent, me brisèrent, me déformèrent. Puis je me réveillai dans cette prison que je ne quitterai plus durant ma vie de mortel.

Poussé par la nécessité de faire quelque chose, de peupler le temps, je voulus me souvenir, dans cette ombre, de tout ce que je savais. Je gaspillai des nuits entières à me rappeler l’ordre et le nombre de certains serpents de pierre, la forme d’un arbre médicinal. De cette manière, je mis en fuite les années et je pris possession de tout ce qui m’appartenait. Une nuit, je sentis que j’approchais d’un souvenir précieux : avant de voir la mer, le voyageur perçoit une agitation dans son sang. Quelques heures après, je commençai à entrevoir ce souvenir. C’était une des traditions qui concernent le dieu. Prévoyant qu’à la fin des temps se produiraient beaucoup de malheurs et de ruines, il écrivit le premier jour de la création une sentence magique capable de conjurer tous ces maux. Il l’écrivit de telle sorte qu’elle parvienne aux générations les plus éloignées et que le hasard ne puisse l’altérer. Personne ne sait où il l’écrivit ni avec quelles lettres, mais nous ne doutons pas qu’elle subsiste quelque part, secrète, et qu’un élu un jour ne doive la lire. Je réfléchis alors que nous nous trouvions, comme toujours, à la fin des temps et que ma condition de dernier prêtre du dieu me donnerait peut-être le privilège de déchiffrer cette écriture. Le fait que les murs d’une prison m’entouraient ne m’interdisait pas cette espérance. Peut-être avais-je vu des milliers de fois l’inscription à Qaholom et il ne m’avait manqué que de la comprendre.

Cette pensée me donna du courage, puis me plongea dans une espèce de vertige. Sur toute l’étendue de la terre, il existe des formes antiques, des formes incorruptibles et éternelles. N’importe laquelle d’entre elles pouvait être le symbole cherché ; une montagne pouvait être la parole du dieu, ou un fleuve, ou l’empire, ou la disposition des astres. Mais, au cours des siècles, les montagnes s’usent et le cours d’un fleuve dévie, et les empires connaissent des changements et des catastrophes, et la figure des astres varie. Jusque dans le firmament, il y a mutation. La montagne et l’étoile sont des individus, et les individus passent. Je cherchai quelque chose de plus tenace, de moins vulnérable. Je pensai aux générations des céréales, des herbes, des oiseaux, des hommes. Peut-être la formule était-elle écrite sur mon visage et j’étais moi-même le but de ma recherche. À ce moment, je me souvins que le jaguar était un des attributs du dieu.

Alors la piété emplit mon âme. J’imaginai le premier matin du temps. J’imaginai mon dieu confiant son message à la peau vivante des jaguars qui s’accoupleraient et s’engendreraient sans fin dans les cavernes, dans les plantations, dans les îles, afin que les derniers hommes le reçoivent. J’imaginai ce réseau de tigres, ce brûlant labyrinthe de tigres, répandant l’horreur dans les prés et les troupeaux, pour conserver un dessin. La cellule adjacente contenait un jaguar. Dans ce voisinage j’aperçus la confirmation de ma conjecture et une secrète faveur.

Je passai de longues années à apprendre l’ordre et la disposition des taches. Chaque aveugle journée me consentait un instant de lumière et je pouvais alors fixer dans ma mémoire les formes noires qui marquaient le pelage jaune. Quelques-unes figuraient des points, d’autres formaient des raies transversales sur la face intérieure des pattes ; d’autres, annulaires, se répétaient. Peut-être était-ce un même son ou un même mot. Beaucoup avaient des bords rouges.

Je ne dirai pas mes fatigues et ma peine. Plus d’une fois, je criai aux murs qu’il était impossible de déchiffrer un pareil texte. Insensiblement, l’énigme concrète qui m’occupait me tourmenta moins que l’énigme générique que constitue une sentence écrite par un dieu. « Quelle sorte de sentence, me demandais-je, devait formuler une intelligence absolue ? » Je réfléchis que, même dans les langages humains, il n’y a pas de proposition qui ne suppose pas l’univers entier. Dire « le tigre », c’est dire les tigres qui l’engendrèrent, les cerfs et les tortues qu’il dévora, l’herbe dont se nourrissent les cerfs, la terre qui fut la mère de l’herbe, le ciel qui donna le jour à la terre. Je réfléchis encore que, dans le langage d’un dieu, toute parole énoncerait cet enchaînement infini de faits, et non pas d’un mode implicite, mais explicite, et non pas une manière progressive, mais instantanée. Avec le temps, la notion même d’une sentence divine me parut puérile et blasphématoire. « Un dieu, pensai-je, ne doit dire qu’un seul mot et qui renferme la plénitude. Aucune parole articulée par lui ne peut être inférieure à l’univers ou moins complète que la somme du temps. Les pauvres mots ambitieux des hommes, tout,monde, univers, sont des ombres, des simulacres de ce vocable qui équivaut à un langage et à tout ce que peut contenir un langage. »

Un jour ou une nuit – entre mes jours et mes nuits, quelle différence y a-t-il ? – je rêvai que, sur le sol de ma prison, il y avait un grain de sable. Je m’endormis de nouveau, indifférent. Je rêvai que je m’éveillais et qu’il y avait deux grains de sable. Je me rendormis et je rêvai que les grains de sable étaient trois. Ils se multiplièrent ainsi jusqu’à emplir la prison, et moi, je mourais sous cet hémisphère de sable. Je compris que j’étais en train de rêver, je me réveillai au prix d’un grand effort. Me réveiller fut inutile : le sable m’étouffait. Quelqu’un me dit : « Tu ne t’es pas réveillé à la veille, mais à un songe antérieur. Ce rêve est à l’intérieur d’un autre, et ainsi de suite à l’infini, qui est le nombre des grains de sable. Le chemin que tu devras rebrousser est interminable ; tu mourras avant de t’être réveillé réellement. »

Je me sentis perdu. Le sable me brisait la bouche, mais je criai : « Un sable rêvé ne peut pas me tuer et il n’y a pas de rêves qui soient dans d’autres rêves. » Une lueur me réveilla. Dans la ténèbre supérieure, se dessinait un cercle de lumière. Je vis les mains et le visage du geôlier, la poulie, la corde, la viande et les cruches.

Un homme s’identifie peu à peu avec la forme de son destin ; un homme devient à la longue ses propres circonstances. Plus qu’un déchiffreur ou un vengeur, plus qu’un prêtre du dieu, j’étais un prisonnier. De l’infatigable labyrinthe de rêves, je retournai à la dure prison comme à ma demeure. Je bénis son humidité, je bénis son tigre, je bénis le soupirail, je bénis mon vieux corps douloureux, je bénis l’obscurité de la pierre.

Alors arriva ce que je ne puis oublier ni communiquer. Il arriva mon union avec la divinité, avec l’univers (je ne sais si ces deux mots diffèrent). L’extase ne répète pas ses symboles. L’un a vu Dieu dans un reflet, l’autre l’a perçu dans une épée ou dans les cercles d’une rose. J’ai vu une Roue très haute qui n’était pas devant mes yeux, ni derrière moi ni à mes côtés, mais partout à la fois. Cette Roue était faite d’eau et aussi de feu et elle était, bien qu’on en distinguât le bord, infinie. Entremêlées, la constituaient toutes les choses qui seront, qui sont et qui furent. J’étais un fil dans cette trame totale, et Pedro de Alvarado, qui me tortura, en était un autre. Là résidaient les causes et les effets et il me suffisait de voir la Roue pour tout comprendre, sans fin. Ô joie de comprendre, plus grande que celle d’imaginer ou de sentir ! Je vis l’univers et je vis les desseins intimes de l’univers. Je vis les origines que raconte le Livre du Conseil. Je vis les montagnes qui surgirent des eaux. Je vis les premiers hommes qui étaient de la substance des arbres. Je vis les jars qui attaquèrent les hommes. Je vis les chiens leur déchirant le visage. Je vis le dieu sans visage qui est derrière les dieux. Je vis des cheminements infinis qui formaient une seule béatitude et, comprenant tout, je parvins aussi à comprendre l’écriture du tigre.

C’est une formule de quatorze mots fortuits (qui paraissent fortuits). Il me suffirait de la prononcer à voix haute pour devenir tout-puissant. Il me suffirait de la prononcer pour anéantir cette prison de pierre, pour que le jour pénètre dans ma nuit, pour être jeune, pour être immortel, pour que le tigre déchire Alvarado, pour que le couteau sacré s’enfonce dans les poitrines espagnoles, pour reconstruire la pyramide, pour reconstituer l’empire. Quarante syllabes, quatorze mots, et moi, Tzinacán, je gouvernerais les terres que gouverna Moctezuma. Mais je sais que je ne prononcerai jamais ces mots parce que je ne me souviens plus de Tzinacán.

Que meure avec moi le mystère qui est écrit sur la peau des tigres. Qui a entrevu l’univers, qui a entrevu les ardents desseins de l’univers ne peut plus penser à un homme, à ses banales félicités ou à ses bonheurs médiocres, même si c’est lui cet homme. Cet homme a été lui, mais, maintenant, que lui importe ? Que lui importe le sort de cet autre, que lui importe la patrie de cet autre, si lui, maintenant, n’est personne ? Pour cette raison, je ne prononce pas la formule ; pour cette raison, je laisse les jours m’oublier, étendu dans l’obscurité.


Jorge Luis Borges, L’Écriture du Dieu


jeudi 25 décembre 2014

...le monde se fait rêve ; et rêver devient monde...



C'était l'aube d'un jour d'été, quand je naquis,
Quand je sentis en moi, pour la première fois,
Mon pouls vivant - et tandis que l'amour
S'égarait toujours plus au profond de l'extase,
Je m'éveillais, et l'impatience grandissait
De moment en moment, se faisait plus pressante
A vouloir l'union plus intime et totale.
- O Volupté, puissance où s'engendre mon être !
Je suis le centre, le foyer, la source sainte
D'où torrentiellement s'élance tout désir,
Et vers quoi tout désir, divers quand il se brise,
Finit par revenir, apaisé, se rejoindre.
Je vous suis inconnu, et vous m'avez vu naître !
N'avez-vous pas été témoins du premier choc,
Tout somnambule encor, de ma présence en moi,
Ce joyeux soir ? N'avez-vous pas, sur vous, senti
Passer le doux frisson ravi du feu nouveau ?
J'étais là, tout noyé dans les miels du calice,
Parfumé, parfumant ; le vent d'or du matin
Berçait la fleur tout doucement. Source intérieure
J'étais, lutte suave : à travers et sur moi
Tout ruisselait et m'élevait exquisement.
Puis un premier pollen vint choir sur le pistil,
- Le baiser, songez-y, quand on sortit de table.
Refluant tout à coup dans mes émanations,
- Oh ! le temps d'un éclair - et déjà je bougeais,
Agitant le calice et les fins filaments.
Et là, tandis que je me commençais moi-même,
Par un précipité rapide des pensées
Les sens terrestres, tout soudain, avaient pris corps.
J'étais aveugle encor, mais des lueurs stellaires
Pointaient dans les lointains merveilleux de mon être.
Rien qui fût proche encore, et je n'étais qu'au loin
L'écho du fond des temps et aussi du futur.
L'amour, sa nostalgie et ses divinations
Firent d'un trait surgir et croître la conscience,
Et comme, en moi, la volupté montait ses flammes,
La douleur la plus haute, aussi, me transperça.
Le monde, autour du tertre clair, s'épanouit
Et la parole du prophète acquit des ailes :
Deux, ils ne le sont plus, mais Henri et Mathilde
Sont l'un à l'autre unis en une même image.
- je m'élevai dès lors, nouveau né dans le ciel,
Puisque était consommé le terrestre destin
Au glorieux instant de transfiguration ;
Aussi le Temps, qui désormais avait perdu
Ses droits, réclamait-il ce qu'il avait prêté.


Et le monde nouveau subitement parait,
Qui éclipse l'éclat du plus brillant soleil
A présent qu'on voit poindre hors des ruines moussues
Un avenir d'une splendeur prodigieuse,
Et que tout le banal avec l'habituel
Dorénavant se montre étrange et merveilleux.
En toutes chose l'Un, et dans l'Un toutes choses,
Voir l'image de Dieu sur une herbe, un caillou,
L'esprit de Dieu chez l'homme et dans les animaux,
Là est ce qu'on se doit d'avoir au fond du cœur.
Rien n'est plus commandé par le temps ni l'espace,
Le futur est ici présent dans le passé.
Le voici donc ouvert, le règne de l'Amour,
Et Fable qui commence d'en filer les jours.
Le jeu initial inaugure tout être,
Chacun songe et se tend aux puissances du verbe ;
Ainsi est-il que la grande âme universelle
Immensément partout vit et s'épanouit.


Tout se doit prendre l'un dans l'autre en cohérence,
Et l'un par l'autre chacun doit croître et mûrir ;
Nul ne saurait se voir autrement que dans tous,
Car c'est en se mêlant intimement à eux,
En pénétrant avidement leurs profondeurs,
Que chacun rafraîchit spontanément son être
Et ouvre sa pensée à mille nouveautés.
Le monde se fait rêve ; et rêver devient monde.
Ce qu'on croyait, en fait, être arrivé déjà,
On peut le voir, de loin, qui seulement s'avance.
L'Imaginaire est libre et peut vivre à sa guise,
Il peut régner enfin, et tisser ce qu'il veut,
Voilant ici, découvrant là certaines choses
Et puis s'évaporant, léger, dans sa magie.
La souffrance et la volupté, la mort, la vie
Sont ici en rapports parfaits de sympathie
Jamais de sa blessure il ne saurait guérir
Celui qui s'est voué au plus sublime amour.
Il faut, dans la douleur, que le bandeau s'arrache,
Le bandeau refermé sur l’œil intérieur,
Et que soit orphelin, un jour, le cœur fidèle,
Avant que de quitter ce monde de tristesse.
Le corps va se défaire et fondre dans les larmes
Le monde en son entier devient un grand tombeau
Où le cœur, qui se brûle au feu suppliciant
De son désir, ne viendra retomber qu'en cendres.




Novalis, Astralis



mercredi 24 décembre 2014

De l'amour



Toldees, Mondath, Arizim, these are the Inner Lands, the lands whose sentinels upon their borders do not behold the sea. Beyond them to the east there lies a desert, for ever untroubled by man: all yellow it is, and spotted with shadows of stones, and Death is in it, like a leopard lying in the sun. To the south they are bounded by magic, to the west by a mountain, and to the north by the voice and anger of the Polar wind. Like a great wall is the mountain to the west. It comes up out of the distance and goes down into the distance again, and it is named Poltarnees, Beholder of Ocean. To the northward red rocks, smooth and bare of soil, and without any speck of moss or herbage, slope up to the very lips of the Polar wind, and there is nothing else there by the noise of his anger. Very peaceful are the Inner Lands, and very fair are their cities, and there is no war among them, but quiet and ease. And they have no enemy but age, for thirst and fever lie sunning themselves out in the mid-desert, and never prowl into the Inner Lands. And the ghouls and ghosts, whose highway is the night, are kept in the south by the boundary of magic. And very small are all their pleasant cities, and all men are known to one another therein, and bless one another by name as they meet in the streets. And they have a broad, green way in every city that comes in out of some vale or wood or downland, and wanders in and out about the city between the houses and across the streets, and the people walk along it never at all, but every year at her appointed time Spring walks along it from the flowery lands, causing the anemone to bloom on the green way and all the early joys of hidden woods, or deep, secluded vales, or triumphant downlands, whose heads lift up so proudly, far up aloof from cities.

Sometimes waggoners or shepherds walk along this way, they that have come into the city from over cloudy ridges, and the townsmen hinder them not, for there is a tread that troubleth the grass and a tread that troubleth it not, and each man in his own heart knoweth which tread he hath. And in the sunlit spaces of the weald and in the wold's dark places, afar from the music of cities and from the dance of the cities afar, they make there the music of the country places and dance the country dance. Amiable, near and friendly appears to these men the sun, and as he is genial to them and tends their younger vines, so they are kind to the little woodland things and any rumour of the fairies or old legend. And when the light of some little distant city makes a slight flush upon the edge of the sky, and the happy golden windows of the homesteads stare gleaming into the dark, then the old and holy figure of Romance, cloaked even to the face, comes down out of hilly woodlands and bids dark shadows to rise and dance, and sends the forest creatures forth to prowl, and lights in a moment in her bower of grass the little glowworm's lamp, and brings a hush down over the grey lands, and out of it rises faintly on far-off hills the voice of a lute. There are not in the world lands more prosperous and happy than Toldees, Mondath, Arizim.

From these three little kingdoms that are named the Inner Lands the young men stole constantly away. One by one they went, and no one knew why they went save that they had a longing to behold the Sea. Of this longing they spoke little, but a young man would become silent for a few days, and then, one morning very early, he would slip away and slowly climb Poltarnee's difficult slope, and having attained the top pass over and never return. A few stayed behind in the Inner Lands and became the old men, but none that had ever climbed Poltarnees from the very earliest times had ever come back again. Many had gone up Poltarnees sworn to return. Once a king sent all his courtiers, one by one, to report the mystery to him, and then went himself; none ever returned.

Now, it was the wont of the folk of the Inner Lands to worship rumours and legends of the Sea, and all that their prophets discovered of the Sea was writ in a sacred book, and with deep devotion on days of festival or mourning read in the temples by the priests. Now, all their temples lay open to the west, resting upon pillars, that the breeze from the Sea might enter them, and they lay open on pillars to the east that the breezes of the Sea might not be hindered by pass onward wherever the Sea list. And this is the legend that they had of the Sea, whom none in the Inner Lands had ever beholden. They say that the Sea is a river heading towards Hercules, and they say that he touches against the edge of the world, and that Poltarnees looks upon him. They say that all the worlds of heaven go bobbing on this river and are swept down with the stream, and that Infinity is thick and furry with forests through which the river in his course sweeps on with all the worlds of heaven. Among the colossal trunks of those dark trees, the smallest fronds of whose branches are man nights, there walk the gods. And whenever its thirst, glowing in space like a great sun, comes upon the beast, the tiger of the gods creeps down to the river to drink. And the tiger of the gods drinks his fill loudly, whelming worlds the while, and the level of the river sinks between its banks ere the beast's thirst is quenched and ceases to glow like a sun. And many worlds thereby are heaped up dry and stranded, and the gods walk not among them evermore, because they are hard to their feet. These are the worlds that have no destiny, whose people know no god. And the river sweeps onwards ever. And the name of the River is Oriathon, but men call it Ocean. This is the Lower Faith of the Inner Lands. And there is a Higher Faith which is not told to all. Oriathon sweeps on through the forests of Infinity and all at once falls roaring over an Edge, whence Time has long ago recalled his hours to fight in his war with the gods; and falls unlit by the flash of nights and days, with his flood unmeasured by miles, into the deeps of nothing. 

Now as the centuries went by and the one way by which a man could climb Poltarnees became worn with feet, more and more men surmounted it, not to return. And still they knew not in the Inner Lands upon what mystery Poltarnees looked. For on a still day and windless, while men walked happily about their beautiful streets or tended flocks in the country, suddenly the west wind would bestir himself and come in from the Sea. And he would come cloaked and grey and mournful and carry to someone the hungry cry of the Sea calling out for bones of men. And he that heard it would move restlessly for some hours, and at last would rise suddenly, irresistibly up, setting his face to Poltarnees, and would say, as is the custom of those lands when men part briefly, "Till a man's heart remembereth," which means "Farewell for a while"; but those that loved him, seeing his eyes on Poltarnees, would answer sadly, "Till the gods forget," which means "Farewell." 

Now the king of Arizim had a daughter who played with the wild wood flowers, and with the fountains in her father's court, and with the little blue heaven-birds that came to her doorway in the winter to shelter from the snow. And she was more beautiful than the wild wood flowers, or than all the fountains in her father's court, or than the blue heaven-birds in their full winter plumage when they shelter from the snow. The old wise kings of Mondath and of Toldees saw her once as she went lightly down the little paths of her garden, and turning their gaze into the mists of thought, pondered the destiny of their Inner Lands. And they watched her closely by the stately flowers, and standing alone in the sunlight, and passing and repassing the strutting purple birds that the king's fowlers had brought from Asagehon. When she was of the age of fifteen years the King of Mondath called a council of kings. And there met with him the kings of Toldees and Arizim. And the King of Mondath in his Council said: 

"The call of the unappeased and hungry Sea (and at the word 'Sea' the three kings bowed their heads) lures every year out of our happy kingdoms more and more of our men, and still we know not the mystery of the Sea, and no devised oath has brought one man back. Now thy daughter, Arizim, is lovelier than the sunlight, and lovelier than those stately flowers of thine that stand so tall in her garden, and hath more grace and beauty than those strange birds that the venturous fowlers bring in creaking wagons out of Asagehon, whose feathers are alternate purple and white. Now, he that shall love thy daughter, Hilnaric, whoever he shall be, is the man to climb Poltarnees and return, as none hath ever before, and tell us upon what Poltarnees looks; for it may be that they daughter is more beautiful than the Sea." 

Then from his Seat of Council arose the King of Arizim. He said: "I fear that thou hast spoken blasphemy against the Sea, and I have a dread that ill will come of it. Indeed I had not thought she was so fair. It is such a short while ago that she was quite a small child with her hair still unkempt and not yet attired in the manner of princesses, and she would go up into the wild woods unattended and come back with her robes unseemly and all torn, and would not take reproof with a humble spirit, but made grimaces even in my marble court all set about with fountains." 

Then said the King of Toldees: 

"Let us watch more closely and let us see the Princess Hilnaric in the season of the orchard-bloom when the great birds go by that know the Sea, to rest in our inland places; and if she be more beautiful than the sunrise over our folded kingdoms when all the orchards bloom, it may be that she is more beautiful than the Sea." 

And the King of Arizim said: 

"I fear this is terrible blasphemy, yet will I do as you have decided in council." 

And the season of the orchard-bloom appeared. One night the King of Arizim called his daughter forth on his outer balcony of marble. And the moon was rising huge and round and holy over dark woods, and all the fountains were singing to the night. And the moon touched the marble palace gables, and they glowed in the land. And the moon touched the heads of all the fountains, and the grey columns broke into fairy lights. And the moon left the dark ways of the forest and lit the whole white palace and its fountains and shone on the forehead of the Princess, and the palace of Arizim glowed afar, and the fountains became columns of gleaming jewels and song. And the moon made a music at its rising, but it fell a little short of mortal ears. And Hilnaric stood there wondering, clad in white, with the moonlight shining on her forehead; and watching her from the shadows on the terrace stood the kings of Mondath and Toldees. They said. 

"She is more beautiful than the moonrise." And the season of the orchard-bloom appeared. One night the King of Arizim called his daughter forth on his outer balcony of marble. And the moon was rising huge and round and holy over dark woods, and all the fountains were singing to the night. And the moon touched the marble palace gables, and they glowed in the land. And the moon touched the heads of all the fountains, and the grey columns broke into fairy lights. And the moon left the dark ways of the forest and lit the whole white palace and its fountains and shone on the forehead of the Princess, and the palace of Arizim glowed afar, and the fountains became columns of gleaming jewels and song. And the moon made a music at its rising, but it fell a little short of mortal ears. And Hilnaric stood there wondering, clad in white, with the moonlight shining on her forehead; and watching her from the shadows on the terrace stood the kings of Mondath and Toldees. They said: 

"She is more beautiful than the moonrise." And on another day the King of Arizim bade his daughter forth at dawn, and they stood again upon the balcony. And the sun came up over a world of orchards, and the sea-mists went back over Poltarnees to the Sea; little wild voices arose in all the thickets, the voices of the fountains began to die, and the song arose, in all the marble temples, of the birds that are sacred to the Sea. And Hilnaric stood there, still glowing with dreams of heaven. 

"She is more beautiful," said the kings, "than morning." 

Yet one more trial they made of Hilnaric's beauty, for they watched her on the terraces at sunset ere yet the petals of the orchards had fallen, and all along the edge of neighbouring woods the rhododendron was blooming with the azalea. And the sun went down under craggy Poltarnees, and the sea-mist poured over his summit inland. And the marble temples stood up clear in the evening, but films of twilight were drawn between the mountain and the city. Then from the Temple ledges and eaves of palaces the bats fell headlong downwards, then spread their wings and floated up and down through darkening ways; lights came blinking out in golden windows, men cloaked themselves against the grey sea-mist, the sound of small songs arose, and the face of Hilnaric became a resting-place for mysteries and dreams. 

"Than all these things," said the kings, "she is more lovely: but who can say whether she is lovelier than the Sea?" 

Prone in a rhododendron thicket at the edge of the palace lawns a hunter had waited since the sun went down. Near to him was a deep pool where the hyacinths grew and strange flowers floated upon it with broad leaves; and there the great bull gariachs came down to drink by starlight; and, waiting there for the gariachs to come, he saw the white form of the Princess leaning on her balcony. Before the stars shone out or the bulls came down to drink he left his lurking-place and moved closer to the palace to see more nearly the Princess. The palace lawns were full of untrodden dew, and everything was still when he came across them, holding his great spear. In the farthest corner of the terraces the three old kings were discussing the beauty of Hilnaric and the destiny of the Inner Lands. Moving lightly, with a hunter's tread, the watcher by the pool came very near, even in the still evening, before the Princess saw him. When he saw her closely he exclaimed suddenly: 

"She must be more beautiful than the Sea." 

When the Princess turned and saw his garb and his great spear she knew that he was a hunter of gariachs. 

When the three kings heard the young man exclaim they said softly to one another: 

"This must be the man." 

Then they revealed themselves to him, and spoke to him to try him. They said: 

"Sir, you have spoken blasphemy against the Sea." 

And the young man muttered: 

"She is more beautiful than the Sea." 

And the kings said: 

"We are older than you and wiser, and know that nothing is more beautiful than the Sea." 

And the young man took off the gear of his head, and became downcast, and he knew that he spake with kings, yet he answered: 

"By this spear, she is more beautiful than the Sea." 

And all the while the Princess stared at him, knowing him to be a hunter of gariachs. 

Then the king of Arizim said to the watcher by the pool: 

"If thou wilt go up Poltarnees and come back, as none have come, and report to us what lure or magic is in the Sea, we will pardon thy blasphemy, and thou shalt have the Princess to wife and sit among the Council of Kings." 

And gladly thereunto the young man consented. And the Princess spoke to him, and asked him his name. And he told her that his name was Athelvok, and great joy arose in him at the sound of her voice. And to the three kings he promised to set out on the third day to scale the slope of Poltarnees and to return again, and this was the oath by which they bound him to return: 

"I swear by the Sea that bears the worlds away, by the river of Oriathon, which men call Ocean, and by the gods and their tiger, and by the doom of the worlds, that I will return again to the Inner Lands, having beheld the Sea." 

And that oath he swore with solemnity that very night in one of the temples of the Sea, but the three kings trusted more to the beauty of Hilnaric even than to the power of the oath. 

The next day Athelvok came to the palace of Arizim with the morning, over the fields to the East and out of the country of Toldees, and Hilnaric came out along her balcony and met him on the terraces. And she asked him if he had ever slain a gariach, and he said that he had slain three, and then he told her how he had killed his first down by the pool in the wood. For he had taken his father's spear and gone down to the edge of the pool, and had lain under the azaleas there waiting for the stars to shine, by whose first light the gariachs go to the pools to drink; and he had gone too early and had had long to wait, and the passing hours seemed longer than they were. And all the birds came in that home at night, and the bat was abroad, and the hour of the duck went by, and still no gariach came down to the pool; and Athelvok felt sure that none would come. And just as this grew to a certainty in his mind the thicket parted noiselessly and a huge bull gariach stood facing him on the edge of the water, and his great horns swept out sideways from his head, and at the ends curved upwards, and were four strides in width from tip to tip. And he had not seen Athelvok, for the great bull was on the far side of the little pool, and Athelvok could not creep round to him for fear of meeting the wind (for the gariachs, who can see little in the dark forests, rely on hearing and smell). But he devised swiftly in his mind while the bull stood there with head erect just twenty strides from him across the water. And the bull sniffed the wind cautiously and listened, then lowered his great head down to the pool and drank. At that instant Athelvok leapt into the water and shot forward through its weedy depths among the stems of the strange flowers that floated upon broad leaves on the surface. And Athelvok kept his spear out straight before him, and the fingers of his left hand he held rigid and straight, not pointing upwards, and so did not come to the surface, but was carried onward by the strength of his spring and passed unentangled through the stems of the flowers. When Athelvok jumped into the water the bull must have thrown his head up, startled at the splash, then he would have listened and have sniffed the air, and neither hearing nor scenting any danger he must have remained rigid for some moments, for it was in that attitude that Athelvok found him as he emerged breathless at his feet. And, striking at once, Athelvok drove the spear into his throat before the head and the terrible horns came down. But Athelvok had clung to one of the great horns, and had been carried at terrible speed through the rhododendron bushes until the gariach fell, but rose at once again, and died standing up, still struggling, drowned in its own blood. 

But to Hilnaric listening it was as though one of the heroes of old time had come back again in the full glory of his legendary youth. 

And long time they went up and down the terraces, saying those things which were said before and since, and which lips shall yet be made to say again. And above them stood Poltarnees beholding the Sea. 

And the day came when Athelvok should go. And Hilnaric said to him: 

"Will you not indeed most surely come back again, having just looked over the summit of Poltarnees?" 

Athelvok answered: "I will indeed come back, for thy voice is more beautiful than the hymn of the priests when they chant and praise the Sea, and though many tributary seas ran down into Oriathon and he and all the others poured their beauty into one pool below me, yet would I return swearing that thou were fairer than they." 

And Hilnaric answered: 

"The wisdom of my heart tells me, or old knowledge or prophecy, or some strange lore, that I shall never hear thy voice again. And for this I give thee my forgiveness." 

But he, repeating the oath that he had sworn, set out, looking often backwards until the slope became to step and his face was set to the rock. It was in the morning that he started, and he climbed all the day with little rest, where every foot-hole was smooth with many feet. Before he reached the top the sun disappeared from him, and darker and darker grew the Inner Lands. Then he pushed on so as to see before dark whatever thing Poltarnees had to show. The dusk was deep over the Inner Lands, and the lights of cities twinkled through the sea-mist when he came to Poltarnees's summit, and the sun before him was not yet gone from the sky. 

And there below him was the old wrinkled Sea, smiling and murmuring song. And he nursed little ships with gleaming sails, and in his hands were old regretted wrecks, and mast all studded over with golden nails that he had rent in anger out of beautiful galleons. And the glory of the sun was among the surges as they brought driftwood out of isles of spice, tossing their golden heads. And the grey currents crept away to the south like companionless serpents that love something afar with a restless, deadly love. And the whole plain of water glittering with late sunlight, and the surges and the currents and the white sails of ships were all together like the face of a strange new god that has looked at a man for the first time in the eyes at the moment of his death; and Athelvok, looking on the wonderful Sea, knew why it was that the dead never return, for there is something that the dead feel and know, and the living would never understand even though the dead should come and speak to them about it. And there was the Sea smiling at him, glad with the glory of the sun. And there was a haven there for homing ships, and a sunlit city stood upon its marge, and people walked about the streets of it clad in the unimagined merchandise of far sea-bordering lands. 

An easy slope of loose rock went from the top of Poltarnees to the shore of the Sea. 

For a long while Athelvok stood there regretfully, knowing that there had come something into his soul that no one in the Inner Lands could understand, where the thoughts of their minds had gone no farther than the three little kingdoms. Then, looking long upon the wandering ships, and the marvelous merchandise from alien lands, and the unknown colour that wreathed the brows of the Sea, he turned his face to the darkness and the Inner Lands. 

At that moment the Sea sang a dirge at sunset for all the harm that he had done in anger and all the ruin wrought on adventurous ships; and there were tears in the voice of the tyrannous Sea, for he had loved the galleons that he had overwhelmed, and he called all men to him and all living things that he might make amends, because he had loved the bones that he had strewn afar. And Athelvok turned and set one foot upon the crumbled slope, and then another, and walked a little way to be nearer to the Sea, and then a dream came upon him and he felt that men had wronged the lovely Sea because he had been angry a little, because he had been sometimes cruel; he felt that there was trouble among the tides of the Sea because he had loved the galleons who were dead. Still he walked on and the crumbled stones rolled with him, and just as the twilight faded and a star appeared he came to the golden shore, and walked on till the surges were about his knees, and he heard the prayer-like blessings of the Sea. Long he stood thus, while the stars came out above him and shone again in the surges; more stars came wheeling in their courses up from the Sea, lights twinkled out through all the haven city, lanterns were slung from the ships, the purple night burned on; and Earth, to the eyes of the gods as they sat afar, glowed as with one flame. Then Athelvok went into the haven city; there he met many who had left the Inner Lands before him; none of them wished to return to the people who had not seen the Sea; many of them had forgotten the three little kingdoms, and it was rumoured that one man, who had once tried to return, had found the shifting, crumbled slope impossible to climb. 

Hilnaric never married. But her dowry was set aside to build a temple wherein men curse the ocean. 

Once every year, with solemn rite and ceremony, they curse the tides of the Sea; and the moon looks in and hates them.



Lord Dunsany, Poltarnees, Beholder of Ocean
[in A Dreamer's Tales]

dimanche 21 décembre 2014

Mirage



Roberto J. Páez, Don Quixote


Chute


Roberto J. Páez, Don Quixote